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El VRAE ofrece encantadores paisajes, pero lastimosamente se ha convertido en la cuna de los peores flagelos. (Foto: Hugo Pérez).

Los ‘mochileros’ del VRAE

Publicado: 2010-11-26

El VRAE es el paraíso del hampa, de donde brota más de una amarga historia. Hace unos días, Caretas nos mostró un informe sobre los niños secuestrados por Sendero Luminoso para formar parte de las guerrillas del terror y la barbarie. Muchos políticos levantaron su voz de protesta y el gobierno tomó algunas acciones apresuradas, aunque no las justas y necesarias para acabar con los flagelos que convierten estos hermosos valles en escenarios de sangre y fuego.

En una visita a la zona, un grupo de periodistas comprobó además que aquí, no solo los ‘chibolos’ son reclutados por el terrorismo, sino que, como jugando, los menores terminan siendo víctimas del narcotráfico.

En los distritos o comunidades del VRAE, los adolescentes no se divierten con sus patas jugando pelota o PlayStation, sino manejando modernas camionetas 4x4 que son la enviada de quienes visitan por primera vez esta zona que siempre ha sido noticia por sus vinculaciones con el narcotráfico y el terrorismo.

Los jóvenes en esta tierra de ‘las oportunidades’ no obtienen sus primeras propiedades porque son ‘hijitos de papá’ a los que la plata les sobra, sino más bien porque son vástagos de una tierra infestada con dinero sucio. En los valles de los ríos Apurímac y Ene, gran parte vive ‘bien’ gracias a la maldita droga.

Para tener una vida de lujos y de envidiables ‘juguetes’, un adolescente de 15 años al igual que uno entrado en los 30,  se toman sus riesgos con la misma adrenalina que otra gente de su edad se forja un camino para salir adelante, a punta de esfuerzo y largas jornadas de estudio y trabajo.

Sin importar poner en riesgo sus vidas, emprenden una larga y complicada caminata por las zonas accidentas del VRAE, transportando en mochilas entre 12 y 15 kils de coca. Este trabajito les deja una ganancia que oscila entre los 500 y los 200 dólares.

Pero si pensó que en el VRAE es el lugar preferido para que quienes disfrutan ganando dinero fácil, está muy equivocado. Los narcos de la zona solo confían la tarea de ‘mochileros’ a los jóvenes de estos valles porque son los que mejor conocen la zona y son leales a la fuerza, como seguramente lo hicieron sus padres, caso contrario terminarán asesinados.

El trabajo no es nada sencillo, ya que el peligro los acecha todo el camino. Difícilmente los enfrenta la policía, porque por estas complicadas vías de herradura no hay agentes del orden, sin embargo casi siempre son víctimas de los ataques de otros grupos de narcos, dispuestos a malearles el negocio a sus competidores.

Su paso agotador por caminos bajo la lluvia intensa por momentos y soportando altas temperaturas en las noches, es vigilado siempre por los pocos remanentes del terrorismo, que de esta manera se ganan alguito para comprar armas, equipos de comunicación, alimentos y otros objetos necesarios para seguir con su absurda lucha armada.  

Son dos días aproximadamente el tiempo que dura el viaje de un mochilero, que usualmente incluye un paso obligado por la quebrada Apulemac, en Putis (Huanta, Ayacucho). Si todo marcha bien, los 7 ó 8 mochileros llegan a los centros de acopio ubicados en Huamanga o en el mismo corazón de Huanta, donde entregan la mercadería y emprenden el retorno a su pueblo, con las billeteras repletas de narcodólares.

Como vemos, pese a los anunciados esfuerzos del gobierno por dar atención a esta zona del país, donde reina el narcotráfico y el terrorismo, los esfuerzos y los presupuestos asignados, siguen resultando insuficientes, aunque valgan verdades hay quienes consideran que lo que más hace falta es una verdadera voluntad para imponer el orden.

 

Ciudades de la droga

Huanta y Huamanga se han llenado de ferreterías, empresas de construcción y otros negocios de pantalla, para lavar dinero. Ambas ciudades que no cuentan con ningún tipo de industrias, mantienen una economía dinámica que se vuelto muy atractiva para las cooperativas y cajas municipales que en los últimos años han invadido las principales calles de ambas ciudades.

Obviamente, la droga no se ve, ni se asoma, pero a decir de su gente, esta está allí, escondida en esos negocios que gozan de prosperidad a pesar de no vender ni un solo clavo.


Escrito por

Carlangas

Periodista con experiencia en medios de comunicación y estudios en Gobernabilidad y Gerencia Política. He sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que dirige Gabriel García Márquez.


Publicado en

De todo un poco

Una mirada crítica a nuestra realidad